Consola virtual
Lo que va de la semana se resume en mucho trabajo pero, también, en mucho Pokémon Azul. El juego tiene unos tres meses de estrenarse en la consola virtual de Nintendo, aunque yo no lo había podido bajar hasta ahora. La historia de por qué esperé tanto es algo triste: hace casi un año robaron mi casa y, entre mis cosas, se llevaron mis consolas. Recién, con ayuda de P*, hemos recuperado la mayoría de nuestros objetos materiales (como la tele, el blu-ray y el nintendo), pero hay otras cosas que simplemente no podré recobrar, como esa sensación de paz al llegar a casa. Lo más parecido a ese alivio que he probado los últimos meses es jugar Pokémon.
No es la primera vez que me pasa. Prendo la consola virtual y me compro algún juego que bien podría correr en cualquier emulador (a veces creo que ese es mi síntoma más claro de ser adulto: comprar cosas que hace diez años habría bajado en torrents — tampoco es que haya dejado de bajar torrents, no soy rico). Me pongo a videojugar y parece que apretar una botón no es una decisión consciente, sino una física. ¿De qué otra forma podría pasar Super Mario Bros 3? Tenía casi veinte años que no había pasado ni el primer mundo entero y uno pensaría que un error es de lo más normal, pero no. Mis manos reaccionan a las claves audiovisuales antes de lo que yo sé en esos momentos. O, más bien, conforme muevo a mi personaje, la acción física y mi memoria se van reconstruyendo: espera más de un segundo ahí, salta más alto acá, agáchate aquí. Ese proceso tiene mucho de parecido a la escritura y yo, que sufro muchos bloqueos por cualquier excusa que me ponga en ese momento, lo agradezco.
Y aquí estoy, jugando Poke como hago desde hace casi veinte años. Pero esta vez se sintió diferente. Prendo el 3DS como prendía el Game Boy Color, elijo a Squirtle y le pongo el mismo nickname (Mono, porque para mí entonces todos los pokémones eran eso: monos), sigo caminos que ya había recorrido hace tiempo y del que a veces siento que podría escribir mucho (las desventajas de ser hijo de clase media-baja y del divorcio: nunca salía de vacaciones), pienso en mis hermanos — el más chico tiene ahora 11 años y también juegaPokémon, es improbable pensar que yo era más chico que él, a quien cargué el primer día que nació, cuando inicié mi juego. Recuerdo a todos los amigos que he hecho gracias a los videojuegos (los únicos con los que he logrado entenderme en verdad porque mi vida no es más que un remake de ciertos libros, películas, televisión y videojuegos). Quizá por eso sentí una suerte de escalofríos cuando compré el sábado Pokémon Azul y el profesor Oak, de la nada, dice palabras que hoy me resultan simbólicas: «your very own Pokemon legend is about to unfold!». Dudo que la gente de Game Freak o Nintendo se dieran cuenta de que hay momentos que determinan la personalidad de una persona y que eso, my very own Pokemon legend, era, en esencia, verdad.
Juego el 3DS como jugaba mi Game Boy Color: acostado, boca abajo, en la cama. En mi nuevo cuarto, donde ahora vivo con P*, lejos de la alfombra azul de mi infancia o las paredes amarillas que siempre odié de casa de mi mamá; lejos, también, de mis hermanos. Y no: ahí están cada recuerdo, cada cosa robada, cada perdida, cada navidad, cada día de regreso a la escuela. Juego Pokémon Azul como lo jugué hace casi veinte años: en casa.