Veo a Messi fallar el penal, como lo he visto antes, y no me sorprendo. Un penal es una manera sencilla de decidir quién gana, quizá el que tenga más temple, fortuna o estabilidad. Ganar así no es injusto, pero contradice la idea del genio, del autor, del artista que minuto a minuto lleva el balón que avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre. Hay aspectos de Messi que no me gustan, pero el futbol no es uno de ellos. En su forma de jugar hay algo de nostalgia, de superación personal y abstracción:  el mejor Messi es la expresión más pura de la genialidad. Por eso, aun si Messi no hubiera fallado su penal y Argentina hubiera ganado la Copa América 2016, algo habría quedado a deber. Por esa sensación quizá Messi eligió retirarse de la selección nacional, lo siento como algo caprichoso e infantil, pero, de nuevo, así son los genios. La historia del futbol está llena de esos momentos de los que todos hablarán, acaso esta vez no será por el 0-0, por la revancha de la final del 2015, por las tarjetas rojas, por el bicampeonato de Chile, sino porque Messi, la figura promesa de Argentina, se fija como un jugador al que no se le da su selección. Ganar, creo, nunca ha sido lo importante, pero, de nuevo, así son los genios: berrinchudos, impredecibles y capaces de reconocer cuando se equivocan.  Quizá, como dice Pessoa, la historia no recordará ni a uno de ellos. Elijo creer lo contrario.